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Eje entre dos mundos

Juan Doffo

Del 01 de Junio al 27 de Junio de 2009  - Entrada: libre y gratuita

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Inaugura lunes 1º a las 19 hs.

Texto del Lic. Julio Sánchez

Desde el principio de los tiempos el árbol fue reverenciado y amado por el hombre. Es el símbolo esencial y universal de los tres niveles de la realidad: hunde sus raíces en el inframundo, su tronco crece en el mundo del hombre y las ramas se elevan al cielo. Sólo el árbol que tiene sus raíces bien hundidas puede crecer bien alto, cuanto más afirme abajo, más alto arriba; del mismo modo, sólo el hombre que esté bien plantado podrá elevarse espiritualmente. El árbol nos enseña que somos una delgada línea entre la tierra y el cielo.

Mientras hoy en día parte de la sociedad lo considera un “recurso natural”, otros lo ven como un maestro de vida, sólo hay que observarlo atentamente, ver como el ciclo de las estaciones lo fortalece, comprobar que desprenderse de las hojas que ya no le sirven, permite que los nuevos brotes crezcan con más fuerza: una síntesis del ciclo de renacimientos y muertes.

Cada una de las fotos y pinturas de la última serie de Juan Doffo, excava, palada a palada, el gran yacimiento de sabiduría que encarna el árbol. Ascensión es una de ellas, describe un árbol negro que levanta entre sus ramas fragmentos de un muro de ladrillos, estrujado por la presión vegetal. Me tocó ser involuntario guía del encuentro con él, en San Cosme, pequeño pueblo de la provincia de Corrientes. Caminamos hacia el cementerio viejo, abandonado y oxidado por mucho más de un siglo y ahí estaba él, en toda su dimensión natural y sobrenatural, aquel árbol que había crecido por debajo de una antigua bóveda de ladrillo levantándola muy por encima de la tierra.

Arriba, bien arriba, se podían ver las molduras corintias de las pilastras, resto de un arco y uno que otro detalle de la arquitectura funeraria. Quedamos sin aliento, incluso nuestros amigos correntinos habituados al payé de su tierra. Habíamos descubierto un secreto: no era un ángel, sino un árbol el que llevaba las almas al cielo. Pero no había muerte, había pájaros que anidaban entre las ramas, pichones que gritaban, y tal como lo pinta Doffo, los rayos del sol que se colaban entre las ramas y los ladrillos. Había vida, calor, bajo el sol invernal.

Ese fuego es un elemento recurrente en la obra de Doffo, además de ser uno de los cuatro elementos, es manifestación de la potencia divina; en los Upanishad, la conciencia de la identidad, entre la luz del cosmos y la que el hombre lleva dentro de sí, está marcada por el calor. En el texto bíblico se relata como dios se le apareció a Moisés arriba de una zarza ardiente. No es raro, entonces, que Doffo fotografíe un árbol incendiado, la silueta de un hombre frente a una enorme llamarada que se refleja en un charco, o que se atreva a crearle un aura de fuego a un árbol como quien santifica a un ser que crea portentos. En la Tabla Esmeralda, el texto secreto de los alquimistas atribuido a Hermes Trimegisto o Tres veces Grandísimo, se lee: “Lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo para realizar los milagros del Uno”. Siguiendo este principio Doffo pinta una galaxia espiralada en el firmamento nocturno, mientras abajo, en la tierra, un hombre construye una pequeña espiral de fuego. “Asciende de la Tierra al Cielo y de nuevo desciende a la Tierra y recibe la fuerza de las cosas superiores y de las inferiores”, dice otra de las leyes de la Tabla Esmeralda.

Este pensamiento está presente en las obras del artista que duplican las imágenes en un espejo de agua, la superior es la “real”; la inferior, la ilusión. Recordemos que los templos budistas y sintoístas del Japón suelen levantarse frente a un estanque para recordarnos lo rápido que se desvanecen los reflejos. Este saber alquímico ya está inscripto en la memoria del primer árbol: las ramas se abren en la misma proporción que las raíces. Lo que está arriba, está abajo. En otras obras, Doffo muestra un grupo de árboles, como en Eterno diálogo, aquella foto donde un hombre amparado por un recinto de troncos altísimos lee un libro que se inflama.

La imagen parece recordarnos que la primera catedral del hombre fue el bosque, y que era allí donde se escondían los misterios de iniciación. De hecho toda esta serie se inicia a partir de su vivencia dentro de un bosque cercano al pueblo natal del artista. Árbol del Olvido, es una titánica mancha azabache que se levanta sobre un cielo encendido vigilando una ciudad que parece ofrecerle cientos de fogatas votivas. Los alquimistas hablan del Sol Niger, es decir el aspecto sombrío de toda cosa luminosa; el árbol da madera para construir la cuna, y también para construir el ataúd, he aquí los dos aspectos de la misma cosa. “Árbol negro, brilla, brilla, brilla, brilla”, la bella poesía qom/toba, lo resume todo. Hay que ver donde está la oscuridad para poder ponerle luz: “este es el lado oscuro de mi corazoncito, hazlo brillar”.

Aurum nostrum non est aurum vulgui (“nuestro oro no es el oro del pueblo”) decían los alquimistas, y lo mismo puede afirmarse del árbol de Doffo. Él no pinta el árbol de la pampa húmeda, sino al Yggdrasill de la mitología vikinga; el tronco cósmico que conectaba Midgardr, la tierra media habitada por los hombres, Asgardr, donde vivían lo dioses y Utgardr, el hogar de los monstruos; Doffo pinta el conjunto de árboles que los celtas convirtieron en horóscopo; pinta el árbol boddhi bajo el cual Siddharta Gautama consiguió la Iluminación, y luego fue llamado Buda, el Despierto; pinta el árbol bíblico del que comieron Adán y Eva; pinta El limonero real del escritor santafecino Juan José Saer y la secuencia de tres árboles de Piet Mondrian. Doffo no pinta un árbol, sino la memoria ancestral de todos ellos.

ARTISTAS PARTICIPANTES

 
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