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Leo Vinci. Pensamiento e Imagen

Leo Vinci. Pensamiento e Imagen

Leo Vinci

Del 26 de Noviembre de 2011 al 21 de Febrero de 2012 - Inaugura: 12hs  - Entrada: $ 1.- Mie y Sáb gratis

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Alrededor de 30 esculturas de gran tamaño realizadas en diversos materiales –bronce, cemento, resinas, plásticos, madera, entre otros– producidas en distintos períodos.


Leo Vinci –formado con maestros legendarios como Ernesto de la Cárcova, Troiano Troiani, Alberto Lagos, Alfredo Bigatti y José Fioravanti– pertenece a la generación que rompió con los moldes del academicismo para incursionar en una visión contemporánea de la escultura. A partir de esa premisa, en los años 50 conformó, junto a varios compañeros de estudio, el Grupo del Sur, un colectivo creativo en que Vinci empezó a definir un estilo influido por la abstracción pero con fuertes improntas antropomórficas y elaboraciones en las que lo humano se funde con elementos de la naturaleza.

 

Si bien cursó toda la carrera de Bellas Artes (once años de estudio en aquel entonces), Vinci asegura que su primer maestro fue su padre, hombre de gran sensibilidad, dramaturgo de profesión, de quien recibió todo el apoyo, convirtiéndose en el puntal en su carrera. En una fiesta escolar, la maestra encaró a su padre y le dijo que observara con atención los trabajos plásticos de Leo (8 años), pues lo veía con muchas aptitudes.

Así fue como para un día de Reyes recibió de regalo los materiales necesarios como para comenzar una nueva etapa en su vida que, con el correr del tiempo, se convertiría en su pasión. Al cumplir los 9 años tuvo su primer reconocimiento: las Damas Patricias Argentinas hicieron unas estampitas con un dibujo suyo.

 

Otras influencias muy marcadas fueron la de Adolfo de Ferrari, “maestro de café, de vida”, y Alfredo Bigatti –el “Gran Maestro”, según el artista–, con quien estudió durante tres años.

 

En los años 60 formó parte del Grupo Sur junto a Carlos Cañás, Aníbal Carreño, Mario Loza y Ezequiel Linares, entre otros.

 

Su  obra ha sido un constante ir y venir por materiales como la arcilla, la chapa, la madera y los metales, en formulaciones que van desde miniaturas hasta obras monumentales.

 “Nunca pretendí formar parte de ningún tipo de vanguardia –señala Vinci– sino simplemente alcanzar la posibilidad de hacer obras que pudieran ser leídas por el público y que estuvieran incorporadas geográfica e históricamente en el lugar donde se realizaban”.

 

Ese compromiso con su sociedad y su tiempo provocó que en 1976 fuera expulsado de la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, un hecho que, fortuitamente, impulsó la creación de su taller de escultura, considerado hoy uno de los más importantes del país.

 

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LEO VINCI

El rescate del espacio

 

El espacio contiene a la forma. La carga energéticamente. Le da un vitalismo que trasciende. No hay escultura sin espacio, aunque los lenguajes difieran y aún se enfrenten. Porque la escultura es materia que vive  del espacio y se proyecta en el mismo para generar acuerdos / asociaciones / rupturas / deslizamientos morfológicos /apropiaciones y distancias.

 

En el espacio reside la definición de un bloque. Su acuerdo o su desliz gigantomáquico. En el espacio se inserta el movimiento; sin espacio no existiría la simultaneidad que éste genera. No hay escultura encerrada, ya que ello equivaldría a cierta mudez expresiva. No hay volumen sin diálogo con lo que  lo circunda. De ahí que la escultórica de todo tiempo haya planteado -más allá de exaltaciones matéricas, ejemplaridades de síntesis, proyección de contenidos- el gran interrogante que genera ese espacio, ese lugar que exalta y que contiene.

 

El espacio interno de las formas, confluye y se abre al otro. En ese encuentro, en ese rescate que es a la vez coralidad de fuerzas, el artista concreta su obra, le descubre identidades. Esto lo sabe muy bien Leo Vinci: artista que trabaja la masa desde adentro, buscando siempre insertarla en el continente mayor, en lo aéreo, en una espacialidad que no intercepte sino ubique en un trascentalismo físico bocciniano a esa masa. Al vitalismo de esa masa.

 

La obra de Vinci es una ejemplar lección de crecimientos. Crecimientos sustentados por una linea figurativo-abstraccionista que, por sobre eslabones de clara evolución, expanden siempre la noción de temporalidad. El mismo lo reconoce, con hondo conceptualismo: Sin la dimensión temporal ninguna forma podría actuar en el mundo físico que nos rodea, como tampoco podría hacerlo toda materia que se desplazara en él, ya que necesitará un lapso de tiempo determinado para lograrlo. El maestro reconoce que el espacio físico condiciona y limita en tal orden; que todo juego de fuerzas  deberá cumplir con ciertas leyes surgidas por ese condicionamiento. La temporalidad, así, está inscripta en la forma. como una huella digital, como un sello de origen. Y esa temporalidad es en definitiva la que despliega goces de lenguaje, articulaciones de planos, traspolaciones de luces y sombras, dinámicas matéricas.

 

Percepción y desarrollo

 

Sin movimiento no hay espacio y sin espacio no hay forma. Implícitamente, un precepto que se impone por  propia elocuencia de lo visual.  La forma matérica,  recorrible o no, abarcable real o virtualmente, es esa dimensionalidad que se toca, que esterognósica o táctilmente significa. La forma que es en sí un estado de crecimiento, de desarrollo, de iconicidad al fin.

 

Vinci es artista de pensamiento visual. Todo en su obra está fuertemente basamentado tanto en experiencias cuanto en afirmaciones de investigación. Sin embargo, siempre aplica sabiamente los conceptos que académicamente rigen el campo de lo escultórico, tendiendo a una expresión que afirme. Ese presupuesto de acción es, indubitablemente, el que ha ubicado su obra en un plano jerárquico. El que, asimismo, le ha permitido ahondar no sólo la mirada tras los universos formales, sino a más trasponer semiológicamente los estadios de la materia. Por ello, seguramente, sus formas palpitan. No son cuerpos inertes. Vinculos que trascienden la mediatez.

 

Más de medio siglo de creación, de búsquedas inconformistas, de planteos y renovadas investigaciones, han dado a su trabajo ese decantamiento de fuerzas que sólo transmiten las obras salidas del  rigor autocrítico. Fuera de leyes que no sean las propias convicciones, Vinci articula su lenguaje. Y genera ese espacio, el aludido espacio que rescata para sí, para su testimonio. El mismo lo reconoce así: Ningún escultor es esclavo de  las leyes, pero sólo conociéndolas puede usarlas, transgredirlas, contradecirlas u oponerlas.

 

Formas cargadas de energía. Cuerpos que se exaltan, que gritan, que se encogen sobre sí mismos. Materias desplegadas. Materias concentradas. Todo un universo morfológico que Vinci articula en un lenguaje que no retacea lo simbólico, pero que fundamentalmente lo trasciende. Esa formulación de la realidad, del tiempo que exige, de los estadios de lo sensorial / sensitivo, fluye en su obra. En una continuidad que convoca. En un trasfondo que -desde el rodiniano corazón de la piedra- palpita perceptualmente.

 

Eslabones / deslizamientos / vitalismos

 

Piedra, bronce, chapa batida, mármol, cemento directo, madera, acrílico, para concentrar el espíritu del bloque cerrado o para proyectar la forma abierta. En cada materia, la temperatura de la expresión. Y ese filamento preciso, incontenible, que queda abierto para que el ojo lo complete / integre / defina, en los buceos de la mirada.

 

Vinci poderoso en las figuras que se deshacen sobre sí mismas. Vital en las manos que se crispan. Vinci  protagonista de los seres consumidos en sus propias fuerzas. Buscando lo interno en las figuras fragmentadas. Vinci tras esas cabezas de fin de siglo: dramáticas en su solemnidad, marcadas de identidad, entre la placidez y el horror.

 

Todas y cada una de las propuestas responden a un tiempo de urgencias y de reclamos. Eslabones de una cadena en que el hombre protagoniza historias que lo exceden. Los rostros segmentados hablan de esa ruptura y, a la vez, del posible reencuentro consigo mismo. De ahí que -por sobre series- la obra del artista reconozca siempre, tras la denuncia, cierto sesgo de celebración. Y ello es lo que convoca, en su escultórica vibrante.  Lo que, tras la forma consolidada en materia abarcable y recorrible, deja un testimonio.  El claro lenguaje de un testimonio directo, potente, sin eufemismos.

 

Poeta de la materia

 

Si hubiera que marcar una constante en el trabajo de este artista que mereció en su país los mayores lauros, desde el Gran Premio de Honor del Salón Nacional, cabría aceptar que ha sido siempre la de un transcriptor de la realidad. Un transcriptor de la realidad de un hombre guerrero, en su tiempo.  De la pasión de ese hombre.  De los vínculos  creados para saltar, frente a los otros que limitan sus fuerzas.  En tal aspecto  -del canto al grito- Leo Vinci es un poeta de la materia. Como tal, genera su galería de rostros y cuerpos, los anima y los larga al mundo. Con dureza no exenta de ternura. Pero con esa gestualidad severa que no acepta  transiciones.

 

Testigo de su tiempo, da significados de ese tiempo. Y su creación revela precisamente eso: el hombre de hoy. No el planteo historicista/ universal del hombre-símbolo. . Le importa replantear la construcción de ciertos sintagmas que caracterizan epocalmente el drama de la existencia / el dolor de resistir / la resurrección de la vida / la celebración del amor.

 

En tal presupuesto aparecen los cuerpos alados, los rostros heridos , la fragmentación, las ataduras que limitan y coartan, los brazos alzados de la resistencia. Himnológicamente, Vinci canta a la vida. Y su escultórica, cada una de sus piezas de potente carnatura, cada uno de sus planteos, constituyen en sí parte de esa identificación con estados y pasiones, por sobre la temporalidad que los marca.

 

Esta muestra que presenta en salas y jardines del Museo Municipal Eduardo Sívori, contabiliza parte del haber de toda una vida. Sin ser una antológica, exhibe algunas de las piezas que jalonan sus periodos más significativos. Junto a ellas, obras de reciente elaboración no expuestas con anterioridad, revitalizan el concepto -concepto que Vinci conoce y aplica- de rescatar el espacio.

 

         J. M. Taverna Irigoyen

Miembro de Número de la Academia Nacional de Bellas Artes

 

 

TEXTO DEL ARTISTA

 

Lo que hago en escultura es metafórico. Imágenes, vivencias profundas, uno y su realidad, uno y lo profundo.

 

Crear seres que compartan espacios comunes y hablar de la sociedad con sentimiento de lo que es la vida, la muerte.
Con esto intento generar formas que presentan y no representan.

 

Me importa que detrás de cada imagen exista algo que la genere.

 

En todo acto creador hay un pensamiento que lo sostiene.

 

La escultura es un lenguaje y, como en la poesía, la metáfora permite hablar de una realidad  profunda y esencial, mas allá de la descripción de lo aparente.

 

La libertad en la creación ha sido conquistada por quienes nos precedieron, es hora de construir.
Somos el pasado cultural de las futuras generaciones.
 

 

ARTISTAS PARTICIPANTES

  

Leo Vinci

 
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