buscar

Viamonte 525 [mapa]
Tel 5555-5453
Lun a sab de 10 a 21 hs. Dom de 12 a 21 hs.

Corte Carré

Corte Carré

Adriana Kozub

Del 12 de Mayo al 05 de Junio de 2016 - Inaugura: 19hs  - Entrada: libre y gratuita

Descargar

DESCARGAR CATALOGO

 
anterior siguiente
 
anterior siguiente
 
 

La reconstrucción de identidades a partir de la carga simbólica del cabello humano.

Bajo la curaduría de Michel Blancsubé, la artista transforma este componente orgánico en rostros en construcción; personas anónimas, figuras solitarias y masas humanas que forman vasos comunicantes. 

"Elegí este elemento porque contiene aspectos fundamentales de nuestra identidad material y en su faceta ontológica evoca virtudes y principios que no se extinguen con el fin de la existencia. Es un material que trasciende la muerte del cuerpo y está ligado a la idea de resistencia, memoria y afecto. 

Estamos inmersos en un mundo de sistemas, de identidades complejas formadas por partes en interacción mutua. El ser humano como parte de un sistema social se manifiesta a partir de sus interconexiones y adquiere significados potenciales que están presentes en la riqueza de su vivencia. Estas conexiones son las que me interesa mostrar con mi trabajo", dice Kozub. 

La existencia de los guardapelos como símbolo de afecto o la exhibición pública de una cabeza rapada como signo de humillación -como el caso de las mujeres parisinas acusadas de colaborar con los nazis- son un ejemplo claro de la carga emocional que la sociedad le transfiere a esta parte del cuerpo.

Esta serie conformada por 22 piezas toma su nombre de un corte de cabello inspirado en la Bauhaus, el cual posee un lineamiento estilístico que permite un sin número de variantes y busca crear formas sencillas y básicas. Bajo estos parámetros tan depurados, Adriana Kozub se plantea la idea de regresar a lo básico como plataforma para la reconstrucción del individuo con una mirada sobria y sin ornamentos.

La historia anónima que el mismo material contiene, le permite recrear un ser que podría ser ella misma, conformado por un sistema que resiste, guarda memoria, genera y recibe afecto en sus interconexiones.

La exposición también contiene una instalación interactiva en donde se invita al espectador a reconstruir su propia imagen frente a un espejo utilizando polvo de cabello. 

Adriana Kozub presenta esta obra en varias partes de Latinoamérica, iniciando por Argentina en el Centro Cultural Borges; en el ECA - Espacio de Arte Contemporáneo de Mendoza y en el MAC - Museo de Arte Contemporáneo de Salta.
 

TEXTO CURATORIAL

 
Una vez arrancado del cráneo que lo vio nacer, el cabello suele caer en el olvido. No es el caso de las trenzas enmarcadas bajo vidrio o expuestas en las pequeñas vitrinas empotradas en la piedra a la entrada de la capilla del Cerrito, en la cima del Tepeyac: ellas sí conservaron la huella de su origen.
 
Ofrendados al bienhechor para implorar la salvación del ser amado o para agradecer los favores concedidos al haber rescatado del infortunio al amigo, al pariente o al amante, esos mechones, esos fragmentos de adorno separados de la testa a la que antes dominaban y embellecían, esos remanentes de historia van por lo general asociados a un nombre propio, cuando no a varios. Las guedejas esparcidas por el suelo de las peluquerías, en cambio, privadas de ese posible destino de relicario, acaban por lo regular en la fosa común, tiradero a cielo abierto, donde el olvido de los orígenes es la regla. ¡Extraño estatus el del cabello separado de su fuente! Hay incluso quien se resiste a tocar ese elemento capilar perdido y abandonado, cual si en él cupiese aún algo del espíritu que lo vio crecer.
 
¿Superstición? Seguramente. El cabello anónimo genera desconfianza, cuando no asco y rechazo, quizá ante el temor de que ese anonimato
resulte meramente superficial y de que, más allá de su aspecto inocuo, esos filamentos posean poderes ocultos.
¿Qué hacer con la sopa cuando encontramos un cabello caído en ella por descuido?
 
Si bien todas las partes de un cuerpo difunto se corrompen, la muerte no modifica un ápice la cabellera. Se dice que una vez fenecido el portador, el cabello pierde lustre. En realidad, poco importa si el cuerpo está vivo o no: el cabello permanece idéntico a sí mismo, ¡apenas nacido y ya muerto!
Mejor dicho, “muerto” y “vivo” son categorías que no rigen para el pelo.
 
Adriana Kozub conoce perfectamente todas las historias que corren en torno al cabello – materia universal, soporte para la memoria, etc.–. Así, con pleno conocimiento de causa, sustituye pigmentos, acrílico, óleo u otros por cabellos a granel, cortados en trozos muy pequeños, cuando no llana y simplemente hechos polvo. Dícese en francés de alguien muy dado a las sutilezas que “corta los cabellos en cuatro”; Kozub los corta en cuatro o más para pintar siluetas y retratos. El cabello reciclado proviene
de las peluquerías.
 
Excepcionalmente, algunos cabellos largos recorren de lado a lado algunas de las composiciones de la artista. Un retrato masculino, Puente, ocupa un sitio aparte entre las veintidós obras seleccionadas para la exposición Corte carré. Atravesado por luengos cabellos que trazan especies de arrugas,
Puente nos muestra también la única boca del conjunto presentado. La mirada, de una humanidad penetrante, es amistosa y llena de bondad.
 
Al variar las densidades, Kozub hace aparecer cuerpos anónimos sobre un fondo blanco. Cual si de sellar por siempre ese anonimato se tratase, los sujetos carecen por lo general de facciones: ni boca, ni narinas, ni ojos –éstos, cuando los hay, van ocultos bajo altos párpados cerrados–; en muchos casos, nada, mera superficie de un blanco inmaculado, desierto de elíptico contorno a la Modigliani.
 
En otras ocasiones, solamente la boca y la nariz son borradas, rostros amordazados. Ímpetu muestra cuatro cuerpos de muchacha que, labios y narinas cubiertos, van lanzados en una carrera desenfrenada. Discreta levedad consiste en una nuca gratis por seis bocas robadas y una línea de talles a manera de fuga. Los individuos plasmados por Kozub con mechones anónimos son captados ya sea en soledad, ya sea por grupos que la artista pone en escena.
 
Desde la serie Porvenir, en la cual una o varias madres portan un niño en brazos –escapada con cierto aroma africano–, hasta Éxodo, donde vemos una multitud anónima en marcha, Kozub declina un número limitado de escenas centradas todas en el ser humano. Kozub parece sentir especial predilección por aquellos cuadros en los que fija personajes alineados cual si posaran ante la cámara; de hecho, los declina en diferentes tonos.
 
Esas reuniones de chicos y grandes traen a la memoria las fotos colectivas, oficiales o no, familiares y otras, en las que todo mundo se queda inmóvil frente al objetivo. La utilización de cabellos negros, castaños oscuros y rojizos para esas pinturas reunidas bajo el título genérico de Somos refuerza la impresión de estar hojeando un viejo álbum de familia de finales del siglo XIX; tomas de índole antropológica que traen a la memoria las fotos realizadas en el campo andino por el indígena peruano Martín Chambi a lo largo de varias décadas.
 
Así pues, las veintidós obras aquí reunidas están hechas con cabellos pegados sobre el lienzo blanco. La gama cromática es limitada: va del negro al castaño más o menos oscuro, con cierta presencia –escasa– del rojizo.
Tres obras incluyen el rojo, dos de ellas en forma de puntos alineados.
 
El uso de los tonos turbosos y terrosos, de los negros y ocres más o menos oscuros, para darle forma a esos seres, hace pensar en aquel pasaje bíblico según el cual Dios creó al primer hombre moldeándolo en barro. ¿No fue acaso la mujer creada a su vez a partir de una costilla de aquel primer varón? Todos fabricados de pies a cabeza con tierra húmeda, coronada de cabello imputrescible. Esa materia aparte, ese elemento superfluo y frívolo, ese cabello del que podemos prescindir para vivir y que tarde o temprano se desprende del cuerpo o que, aun cuando permanezca en su lugar tras la llegada de la muerte, no participa en la descomposición corporal: eso es precisamente lo que Kozub utiliza para ensamblar cuerpos y evocar la vida.
 
Son muchos los artistas que han integrado cabellos en algunas de sus obras. En el caso de México, país donde Adriana Kozub vive y trabaja, podemos mencionar los trabajos de Gabriela Gutiérrez Ovalle y de Gabriel de la Mora. Mientras la primera elabora obras de arte abstracto, el segundo dibuja con el cabello. Empero, ninguno de los dos pinta con cabello. Kozub tiende horizontalmente sus lienzos para trabajar la materia capilar con dedos y pinceles, a semejanza de cualquier otro pintor.
 
Cuando ha terminado su labor, aplica un fijador y endereza el cuadro. Las dos pinturas mencionadas arriba, Ímpetu y Discreta levedad, dan cuenta del alto nivel de composición alcanzado por Kozub. Mientras que el conjunto de esta producción se caracteriza por una atmósfera enigmática teñida de melancolía, de Ímpetu, por el contrario, emanan alegría, paz y comunión. A excepción de Los carceleros de la humanidad no te atraparán, Santuario interior e Ímpetu, que la presencia de alcatraces hace lucir alegres, la mayoría de los sujetos representados hace pensar en espectros, sombras errantes.
 
Comparados con ellos, las cuatro muchachas de Ímpetu indudablemente parecen llenas de vida, máxime cuando ésa es la única composición cuyos personajes están en movimiento. Si bien Éxodo o Porvenir dejan suponer que la multitud o las madres que llevan a sus hijos en brazos están en marcha, el desplazamiento que allí se sugiere es mucho menos patente que en Ímpetu.
 
Destaqué más arriba la nuca que se brinda a la mirada en Discreta levedad.
La persona al centro de la hilera de siete mujeres unidas por la cintura es, en efecto, la única que la artista decidió representar de espaldas. En esa actitud de rechazo, de resistencia a aceptar las cosas como son, en el mero hecho de dar la espalda, caben tanto la artista como la clave para acercarse a esta serie capilar pletórica de humanidad.
 
Michel Blancsubé
Ciudad de México, marzo de 2016
Traducido del francés por Haydée Silva
 
 

TEXTO DEL ARTISTA

 
Existen cortes quirúrgicos, de un tajo, y los orgánicos que se van dando naturalmente. Hace 10 años decidí cortar mi cabellera, guardé el trenzado y empecé a recolectar estas fibras naturales que ahora se han convertido en un rastro genético, una huella y un simulacro de muerte y nacimiento.
 
Mi proceso artístico inicia al traducir las imágenes que se imprimen como fotografías en mi interior y que persigo hasta verlas reflejadas en una pieza.
Me dejo llevar por los materiales que encuentro. El cabello lo selecciono por hebras largas de diferentes tonalidades, que corto en distintas longitudes para crear perspectivas y marcar la anatomía de los rostros; o bien, los fracturo para evidenciar tensión.
 
El proceso de recolección de cabello me ha permitido hilvanar relaciones con otras personas que donan un fragmento de sí mismos para formar parte de una manifestación artística.
 
La producción de Corte Carré se caracteriza por representar el mundo exterior a partir de la anatomía humana; ilustra la resistencia contenida en el interior del hombre, la memoria y los lazos afectivos que nos interconectan. Estos conceptos reflejan una ausencia perimetral: los rostros y cuerpos son de cánones clásicos y académicos, aunque incompletos por estar en un proceso de reconstrucción continuo.
 
Utilizo el cabello como material y sus propiedades lineales para realizar imágenes que son una semblanza de liviandad, silencio, quietud y vacío. Me interesan los discursos filosóficos sobre la existencia y trascendencia humana; una poética de representación de la imagen con tintes clásicos, casi académicos, y la ausencia de violencia explícita. Rompo con procesos de pensamiento mediatizado. Con el cabello quiero evocar la vida—la mía y la de los demás—, plantear preguntas al espectador sobre el rastro de la memoria, y las decisiones que van trazando una identidad.
 
Adriana Kozub
 

ARTISTAS PARTICIPANTES

 
ars omnibus auspician Buenos Aires Gobierno de la ciudad Ley de mecenazgo Itau Cultural Satelital Artebus