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Carlos Gallardo. Theatrum mundi

Carlos Gallardo

Del 22 de Abril al 14 de Junio de 2010  - Entrada: $ 18.- Mie $ 6.-

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Inaugura jueves 22 a las 19 hs.
Gacetilla / Malba – Fundación Costantini rinde homenaje al artista Carlos Gallardo (Buenos Aires, 1944 – 2008), con la presentación de un conjunto de obras inéditas de su producción más reciente. Se exhiben cuatro series de fotografías que el artista realizó entre los años 2007 y 2008: Theatrum mundi, Vestigio (Errancias), Erratum y (Destiempos), que reflexionan sobre el tiempo y la memoria, dos temas recurrentes en la obra de Gallardo. “Estas series poseen un clima de raíz existencial, esa idea de que los seres humanos fuimos lanzados a la existencia. No es a la belleza del mundo a lo que remite la obra de Carlos Gallardo, sino a la fugacidad de lo que está detrás de las imágenes en apariencia estáticas. Esa sensación de hermetismo, de dificultad de interrogar las escenas”, afirma la curadora Mercedes Casanegra. La exposición incluye también un video que muestra la identidad multifacética del artista, que comenzó como diseñador gráfico y luego continuó realizando escenografías y vestuarios para los ballets dirigidos por Mauricio Wainrot, tanto en el país como en el exterior. Su desarrollo como artista visual fue paralelo a todo ello. En simultáneo con la exposición, Malba editó un catálogo bilingüe español – inglés, con un ensayo curatorial de Mercedes Casanegra, una cronología biográfica del artista y la reproducción color de las obras presentes en la muestra. Texto de Mercedes Casanegra /
La otra cara de la belleza. Últimas obras de Carlos Gallardo. No fue difícil decidir cuál sería la línea curatorial de esta exposición de Carlos Gallardo. Malba me otorgó apertura de opciones: antológica, retrospectiva, últimas obras. Todas eran pertinentes, ya que el corpus de obra producido por el artista a través de veintiocho años debe todavía ser revisitado y hay aún pendientes nuevas exégesis y lecturas por realizar sobre él de parte de la historia y de la crítica de arte. Sin embargo, la fuerza de los acontecimientos señaló trabajar en torno de sus cuatro últimas series: Theatrum mundi, 2007-2008; Vestigio (Errancias), 2007-2008; Erratum, 2008, y (Destiempos), 2008, fotografía y fotografía intervenida, con el agregado de algunas obras del mismo período que se relacionan con el eje que reúne a estas cuatro: su permanente obsesión por el tema del tiempo y la memoria. Corrían fines de noviembre de 2008, el artista había trabajado intensamente en estos cuatro conjuntos de obras, que estaban listas para ser colgadas en la sala de exposición que las requiriera, lo cual para Gallardo era en ese momento una incógnita. Gozaba del trabajo realizado e invitaba a algunas personas de manera individual e íntima a visitar el taller y tener el privilegio de verlas por anticipado. Acudí a su invitación. Me retiré (complacida) acompañada del intento de figurarme en qué sala de la ciudad las imaginaba colgadas. Muy poco después de mediados de diciembre, Carlos Gallardo había abandonado su vida personal y artística. Había emprendido otro vuelo. Las circunstancias hicieron que esta exposición que hoy se lleva a cabo en Malba tenga el carácter de homenaje (póstumo) y, como tal, que se cumpla con su último deseo, su última voluntad. Parece como si se tratara del desenlace natural de aquella visita a su estudio en un cálido mediodía de noviembre, casi un año y medio atrás. Las artes visuales, eje de una actividad plural: diseño gráfico, instalación escénica, vestuario Carlos Gallardo respondió al modelo del artista contemporáneo, integral y multifacético, criado en los años 60 con toda la estimulación y apertura de horizontes que aquel dorado período significó para la cultura en sentido amplio. Se formó en contacto con las tendencias artísticas renovadas y la excelencia de la época. Su arranque profesional fue el diseño de comunicación visual con el cual logró un importante desarrollo. Pasó por destacadas revistas, editoriales, teatros, agencias, estudios, diseñó afiches que permanecen en la memoria de tantos o logos de marcas que aún hoy siguen vigentes. Asimismo, por aquel entonces se dedicaba también al dibujo y a la pintura. Cuando gané la Bienal de Diseño de Buenos Aires en 1984, renuncié, opté por cerrar un capítulo y decidí apostar a la plástica, mi vocación más profunda. Significaba para mí hacer un ejercicio de libertad más fuerte . Estas palabras de Gallardo tuvieron el sentido de una toma de posición en cuanto al lugar mental en donde él se ubicaría frente a su trabajo, lo cual no significaba que se iba a dedicar a las artes visuales solamente, sino que se situaría desde esa posición tomada a partir de aquel momento frente a su propia trayectoria, tal como un director de orquesta frente a sus músicos, seguro de entender la competencia de cada una de las disciplinas a manejar y de todas juntas en el concierto de su vocación plural. Esa decisión vino acompañada del hecho casi paralelo de comenzar, en 1985, a trabajar en instalaciones escénicas y vestuario para los grupos de danza contemporánea dirigidos por Mauricio Wainrot, tanto del Teatro San Martín como de otras compañías internacionales. “Ser artista incluye todo. No puedo separar el escenógrafo del artista plástico” . La interdisciplinariedad era su hábitat natural, aunque luego, en cada caso, dirigiera su capacidad creadora para producir piezas especificas de cada disciplina. Wainrot afirma lo positivo de la visión no tradicional de Gallardo con respecto a su trabajo en el escenario, por ejemplo, pues eso le quitaba cualquier vestigio de dogmatismo. Incluso no era habitual que él se denominara a sí mismo como escenógrafo; se consideraba más bien como un artista plástico que instalaba en escena. Sin embargo, lo que reviste gran interés tanto para los espectadores como para la crítica es la diversidad estética de su producción entre una disciplina y otra. En una entrevista reciente, al echar una mirada retrospectiva sobre su labor y referirse a la primera obra de escenografía en la que trabajó junto a Wainrot en 1985, Gallardo reconoció haber resuelto el trabajo desde un lugar mental aún muy cercano a la gráfica y a una modalidad relacionada con el arte cinético, que a su vez había influido en su óptica del diseño en algunos casos, como una cuestión de época. Se trataba de la ambientación para Tres danzas argentinas, de Alberto Ginastera. Pero, eso fue solo en el comienzo, porque después, y a lo largo de todo su desarrollo paralelo de disciplinas, cada área adquirió su propia autonomía en cuanto a objetivos y resultados. Aún más, se podría decir que las propuestas artísticas en una y otra área, a menudo, eran contrapuestas, pero es en el presente, al mirar toda la producción en perspectiva, cuando se puede advertir hasta qué punto, en su diferencia, se complementaron. Solo como sucinta opinión, ya que el tema merece ser tratado in extenso, las instalaciones escénicas de Gallardo fueron, en general, de una ajustada síntesis e hizo uso de recursos de depurada liviandad visual, como las siempre sutiles estructuras metálicas de formas variadas que utilizó –Carmina Burana, 1998; Ocho estaciones, 2001; Journey, 2002; Medea, 2005; Carmen, 2007; La tempestad, 2007; Travesías, 2007, entre otras–. En cada caso esas estructuras se conjugaron con los colores, las texturas y la iluminación para otorgar el clima requerido por cada una de las obras. Los ocres, azules y violáceos fueron, en general, los más elegidos por Gallardo. Armonía, elegancia y belleza fueron el signo de aquellos escenarios, junto con sus vestuarios. Arte visual y concepto La producción de Carlos Gallardo como artista visual pasó por muchas etapas, caracterizadas por los diferentes medios expresivos y las estrategias por él utilizados en la realización de sus obras: acrílico sobre tela, objetos, objetos encontrados o buscados, cartas, mecanismos variados, fragmentos de máquinas de escribir, calendarios, buzones, resortes, polípticos, instalaciones, fotografías, entre otros, y la palabra, como recurso intermitente pero permanente. Además, fundamentalmente, la obra, a lo largo de ese transcurso de cambio de medios y ángulo de observación, se fue volviendo cada vez más conceptual. Asimismo, otra característica singular a señalar es que no es solo la conformación de cada objeto, sino también la percepción de su materialidad lo que sale al encuentro del espectador en las piezas de Gallardo: metales, plomo, papel, resinas, maderas, gomas, telas, papel fotográfico, entre otros, junto a una marcada sensorialidad de texturas, frialdad, calidez, etc. “Entonces lo que me puede subyugar de un artista es cómo piensa, si tiene la capacidad de volcarse en la materia de manera sustanciosa” . Así, una carta sellada dentro de resina o acrílico y que ya no permite su lectura o que apenas se la atisba, o aquellas otras cartas fijadas con tornillos, confieren la contundente sensación de la clausura –como sensación física– del tiempo pasado como inapelable. Éstas son algunas de las pruebas de aquel intento continuo de Gallardo por restaurar la “densidad” de la experiencia, como definió Dore Ashton , que se podría marcar como uno de los ejes de su poética. A través de aquello que el mismo artista llamó “arqueología contemporánea”, con método de archivista, tuvo el hábito de juntar cantidad de objetos en desuso, que desarmaba o modificaba en la construcción de sus obras. Máquinas de escribir y mecanismos de relojería desmontados, elementos obtenidos en el desmantelamiento del viejo Correo Central de Buenos Aires, y así hasta el infinito. Aún hoy pueden verse cantidades de pequeños objetos, ordenados y clasificados, en las mesas de trabajo y estanterías de su estudio. Más allá del modo de construcción de sus obras, Gallardo fue nombrado como “artista eminentemente filosófico”, porque su pensamiento se puede leer en ellas, pero lo es también porque sus obras pretenden, más allá de alguna referencia subjetiva, ubicar interrogantes en un estrato profundo y generalizado. El artista procuró escrutar esta tardomodernidad, que heredó una fragmentación de la persona y de la cosmovisión, desde un lugar opuesto a toda banalidad como signo de época. Había en él una ansiedad por respuestas que no alcanzaba a obtener. Así apeló también a la palabra y la palabra poética, en la obra de Olga Orozco y de Hugo Mujica. Sus preguntas ¿dónde? ¿qué? ¿por qué? ¿quién? ¿cuándo? se repitieron de manera insistente en diferentes soportes. La temática fue la misma de toda mi obra, la misma que sustenta toda mi obra: el no olvido, los espacios reflexivos, las huellas, los trazos, una necesidad de que ciertos pensamientos, interrogantes no mueran, no dejen de existir . La filosofía inicial fue aquella que llevó al ser humano a formularse las primeras preguntas fundamentales y a volver una y otra vez hacia esa acción reflexiva a la cual el artista mismo convoca. De este modo, las obras de Gallardo son más una indagación sobre determinados temas de raíz existencial entre el concepto y el objeto artístico relacionado de manera directa con esa exploración. Hacia la fotografía Para un artista que se conduce a través de los ejes del tiempo y la memoria era inevitable la utilización de algunos modos de la fotografía, herramienta que llegó en el siglo XIX para preservar imágenes de la realidad, pero que hoy ha ampliado su espectro a infinitos discursos expresivos. En Indenti-kit, 1997, exhibición de objetos e instalaciones, las fotografías familiares propias o ajenas, agrupadas, arrugadas, pero finalmente portadoras de recuerdos específicos y que fueron parte de la vida de una, dos o más personas, tuvieron un lugar de no poca importancia en la construcción de aquellas piezas. La utilización de la fotografía como medio expresivo se fue incorporando de manera paulatina en la producción de Gallardo. En 2004, en las obras presentadas en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires y de Arte Contemporáneo de Niza, también formó parte de otro tipo de objetos. De la misma manera que Gallardo aclaró su posición con respecto a la escenografía, es decir, que no era “un escenógrafo propiamente dicho”, algo similar ocurrió con la fotografía; no acarreaba la academia del fotógrafo. Últimas series Ya en 2000, Gallardo había utilizado papeles para acuarela que tienen inscrito un calendario mensual horizontal como fondo de sus collages. En la serie Kronos, a partir de 2007, cada vez fueron menos los objetos ubicados sobre cada papel, hasta que quedaron solo pequeñas señales. Las cifras de los días, numeración irreversible, exhiben el tiempo casi despojado de la acción humana, si no fuera por las señales mínimas que el artista marcó sobre los días. Estas obras ofician de introducción a las series siguientes. Por otra parte, la fotografía se fue volviendo autónoma en la obra de Gallardo, como en las cuatro series de esta exposición. Estas obras dan cuenta de varias modalidades propias de su trabajo. El artista vivió muchos años fuera de su país, y ésta es una de las razones por las cuales se sentía un errante y tantas obras suyas pueden tener ese carácter de lo errabundo: “… el archivista que soy, se ha convertido en un basurero que recoge por las calles del mundo todo vestigio de memoria…” . Esta actitud de un cierto nomadismo, que se puede constatar en las imágenes y que él confirmó con sus palabras, se combina con otra modalidad que puede parecer paradójica. Las tres primeras series –Vestigio (Errancias), Theatrum mundi y Erratum– poseen el mismo escenario, el viejo puerto de Amberes, el cual el artista visitaba con asiduidad por su proximidad con la sede del Koninklijk Ballet van Vlaanderen [Ballet Real de Flandes] donde trabajaba junto a Wainrot. Algunas de las tomas fotográficas se repiten de serie a serie o se habían visto instaladas de otro modo en obras anteriores. Gallardo no fue un artista de iconografías variadas y extensas. Su procedimiento estuvo más relacionado con el retorno a determinadas imágenes y perspectivas que con recorridos. Prefirió escrutar, interrogar ciertos íconos, objetos, espacios, como si fuera posible, a pesar de cierta opacidad, atravesarlos y mirar a través. Es decir, prefirió transitar un camino angosto y en profundidad, que otro ancho y laxo. Se trata de una visión concentrada y ascética. En especial en Vestigio (Errancias), en copias de tamaño grande, su singular mirada se devela en aquellos close-ups, en esos primeros planos en que ciertos elementos del puerto que se vuelven monumentales o exhiben texturas o denotan el semiabandono o la nostalgia de una actividad que fue. Su objetivo no era la captura del paisaje urbano que pudiera haber registrado algún rasgo de belleza, sino que ese acercamiento insistente, austero pero decisivo, a determinados objetos exhibe el intento de develación de la verdad de lo real, en sentido heideggeriano. En Theatrum mundi y Erratum, si bien se trata de tomas similares a Vestigio en copias de tamaño menor, hay sutiles intervenciones de collage –muñequitos pequeños– y de la palabra, respectivamente. Los pequeños muñequitos de Theatrum mundi, en muy diversas actitudes –caminan, nadan, pasean, están en reposo, etc.– le cambian el signo a las imágenes. Son personas en actitudes comunes de la vida cotidiana y le han introducido un comentario hipertextual lúdico, que remueven cierta solemnidad de la toma primigenia. En Erratum el artista compuso series de tres, cuatro y cinco fotos a las cuales superpuso versos poéticos del escritor Hugo Mujica, que en algún caso reordenó de acuerdo con la secuencia de la narración que él formuló con las fotos. Gallardo eligió cada frase poética de modo de constatar y confirmar una cierta analogía desde la palabra con la imagen fotográfica. Finalmente, la serie (Destiempos) inaugura otra estrategia en la obra de Gallardo. Aquí construyó las escenas, tal como lo hacía en el teatro, pero en una escala diversa. Utilizó cajas de baquelita con los meses y días del año impresos, que, tal como algunos sellos, había encontrado entre los restos del antiguo Correo Central de Buenos Aires, además de engranajes de relojería. Incansablemente también había buscado a los protagonistas, pequeñísimos muñequitos de color en actitudes variadas y amables. Ellos contienen una condición paradójica de presencia y ausencia a la vez. Son muy concretos, pero al mismo tiempo aparecen lo genérico y anónimo de ellos mismos, y un signo temporal. Todos están señalados por la evidencia de días y meses. Es posible que las lentes macro utilizadas para las tomas hubiesen querido apresar la temporalidad de las escenas y detenerla. El signo del transcurso existencial también está impreso en ellos, pues la aproximación del macro les otorga a las pequeñas figuras una consistencia material extraña, como si fuesen de cera o se estuviesen derritiendo. Esto lo produce la mirada del artista sobre ellas. Estas series, en conjunto, aun en su diversidad, poseen un clima de raíz existencial, esa idea de que los seres humanos fuimos lanzados a la existencia. No es a la belleza del mundo a lo que remite la obra de Carlos Gallardo, sino a la fugacidad de lo que está detrás de las imágenes en apariencia estáticas. Esa sensación de hermetismo, de dificultad de interrogar las escenas. En las escenas del puerto de Amberes el tiempo y el espacio fueron apresados en la materia estática, perenne. No es la belleza lo primordial; hay fugacidad acumulada, contundencia. Paradójicamente, esa economía de medios expresiva se hace abismal, se vuelve casi metafísica. Pensamos en las puestas en escena para los ballets, en su elegancia, su armonía, espacios creados para que el movimiento se desplegara en ellos, y, por qué no, en su belleza. En estas cuatro series –Theatrum mundi, Vestigio (Errancias), Erratum y (Destiempos)– se hace oportuna la afirmación de que Carlos Gallardo buscaba en la memoria colectiva –diseminada en paisajes y objetos– respuestas al sentido del tiempo.

ARTISTAS PARTICIPANTES

 
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