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Carlos Páez Vilaró


Montevideo. Uruguay (1923-2014)
Artista Plástico.

Marcado por una fuerte vocación artística partió en su juventud a Buenos Aires, donde conoció a los más destacados dibujantes de la época.
Aquí hizo sus primeros balbuceos en el arte, tomando como fuentes de inspiración el tango, los bares y cabarets y las fábricas de Lanús y Avellaneda.
 

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Carlos Páez Vilaró

A fines de la década del 40, regresó a Montevideo y al descubrir el folklore afro-uruguayo, se entregó a captar en sus cuadros todo aquello que se relacionaba con el candombe y la comparsa.

De esta forma se vinculó estrechamente a la vida del conventillo “Mediomundo”, una casona habitada por un sinnúmero de familias negras, donde instaló su atelier de pintura. Sobre ese tema pintó cientos de obras, compuso candombes para las comparsas, dirigió coros, decoró tambores y fue incentivador de un folklore que en ese momento luchaba por imponerse contra la incomprensión. Impulsado por su interés en la cultura negra, viajó a Brasil, desde donde iniciaría un largo periplo a través de todos aquellos países de América donde la negritud tenía fuerte presencia como Colombia, Perú, Panamá, República Dominicana, o Haití, Pasó luego a África, visitando Senegal, Liberia, Congo, Camerún, Tchad, Nigeria y Fernando Pó. En ellos realizó numerosas pinturas y murales en adhesión a la lucha que los africanos comenzaban en búsqueda de la liberación de su continente. En la década del 50 conoció a Picasso, Dalí, De Chirico y Calder en sus talleres. De ese peregrinaje europeo guarda uno de sus mejores recuerdos: la invitación de Picasso a visitarlo en su residencia-taller de “Villa California” en los Alpes Marítimos. Ese mismo año, Jean Cassou, Director del Museo de Arte Moderno de París, lo animó a presentar su obra en la Maison de l’Amérique Latine. Su repercusión hizo que pasara luego a ser exhibida en Inglaterra y en los Estados Unidos. Fiel a su espíritu de investigador, recorrió numerosas islas de los Mares del Sur pintando, escribiendo y filmando. Integrando la Expedición Francesa "Dahlia" logró realizar en África el film “Batouk”, distinguido para clausurar el Festival de Cannes. Entrelazados con sus viajes, sus horas de pintura alternaban con la construcción de su taller del mar, hoy mundialmente conocido como "Casapueblo". Ubicada sobre los acantilados rocosos de Punta Ballena, su casa se transformó en un símbolo del lugar. El artista define a Casapueblo como su barco quieto, trampolín para partir y al que siempre regresa, su baúl para almacenar los recuerdos, su escultura habitable. El 13 de octubre de 1972 se vio vinculado a una historia muy alejada del arte. El avión en el que viajaba su hijo Carlos Miguel desapareció en la Cordillera de los Andes y ello le impuso la consagración de tres meses para colaborar en las búsquedas. Luego de setenta días de dolorosos rastreos tuvo la alegría de recuperarlo vivo en vísperas de la Navidad. Vivió en Nueva York y en San Pablo y luego regresó a Buenos Aires. Fue así que instaló su atelier una antigua casa de madera del Tigre. Allí continuó incursionando en el campo de su "arqui-textura" su forma tan original de construir. Como resultado dejó su sello con “Casapuerto” (Boat Park), un emprendimiento náutico frente al Río Luján, su casa taller en la Avenida Gral. Campos y la Capilla del Cementerio "Los Cipreses" en San Isidro. Artista sin prejuicio, Páez Vilaró no dudó en aceptar el desafío de decorar el frente de una heladera, la línea serial de una colección de cerámica comercial, la coraza de un avión de línea o las velas de un barco de regatas. Editó varios libros y7 dedicó gran parte de su creatividad a la pintura mural, realizando durante sus viajes múltiples obras en escuelas, aeropuertos, hospitales o presidios. La mejor sínteis del significado de esta muestra la da el propio artista: "Al llegar a mis ochenta y cinco años, no puedo desmentir que mi vida de artista maduró nadando entre las dos corrientes de aquel Río de la Plata que crucé cuando muchacho en el "Vapor de la carrera" y que une a nuestros dos países. Tampoco que mi pintura actual es el final de una larga frase que comenzó borroneada con el hollín de las usinas de Avellaneda, se aclaró con el blanco de mi Casapueblo de Uruguay y hoy se refuerza con el canto de los pájaros del Delta.Con tres hijos uruguayos y tres argentinos, culmino mi vida de artista bajo dos banderas y desde mis dos talleres de ambas márgenes del río. La dedico a Rafael Squirru, ese gran crítico argentino a quienes los pintores de América, tanto le debemos".


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